Joan Miró volvió a España en 1940, huyendo esta vez de una guerra mundial. Fue ya en 1956 cuando se estableció definitivamente en Mallorca donde murió en 1983, a la edad de 90 años.
En 1954 le encargó a su amigo Josep Lluis Sert, arquitecto español exiliado en Estados Unidos, que proyectara un edificio que le sirviera de taller. Quería construirlo en unos terrenos cercanos a su casa de Palma de Mallorca. De esta forma comenzó a hacerse realidad el taller soñado del pintor, el taller Sert.
Josep Lluis Sert durante su juventud había trabajado algunos años en el estudio de Le Corbusier, y a partir de 1930 había empezado a diseñar sus primeros edificios con un claro estilo mediterráneo. Cuando Miró le encargó el proyecto de su taller en Mallorca, Sert ya era decano de la Escuela de Diseño de la Universidad de Harvard. El arquitecto llevaba 20 años inhabilitado para ejercer su profesión en España. Ciertamente el encargo de Miró fue una vuelta simbólica a sus orígenes y un punto de partida en su posterior trayectoria arquitectónica.
El proyecto del taller se desarrolló y ejecutó sin que Sert pisara suelo español. Las cartas entre los dos amigos cruzaron incesantes el océano, llevando datos sobre el clima y el terreno de Mallorca y devolviendo planos y croquis del edificio encargado.
El taller Sert, como se le conoce, se terminó de construir en 1956. El arquitecto supo diseñar un edificio adaptado a los bancales del terreno, con una planta en forma de L y techos abovedados. Sert creía que la obra arquitectónica podía «convertirse en una obra escultórica» y en este proyecto lo consiguió. El taller respira por si mismo. Hormigón, piedra y arcilla son sus elementos estructurales. Blanco, azul, rojo y amarillo sus colores.


La obra se adaptó escrupulosamente a las indicaciones del pintor: espacios amplios para trabajar grandes formatos, luz natural a raudales, zona de trabajo diferenciada de zona de secado y almacén, aislamiento y silencio. Un lugar para trabajar «en la cueva, solo y en silencio».


Pero cuando el taller estuvo terminado ocurrió algo inesperado: Joan Miró quedó creativamente bloqueado y durante 3 años no pudo pintar al óleo. Demasiado espacio vacío, le faltaban referencias, recuerdos, fetiches. El pintor comenzó entonces a recolectar piezas para su «pinacoteca» particular: «No puedo trabajar sin antes haber creado un ambiente propicio para hacerlo». El taller comenzó a ser habitado por caracolas, alambres, trozos de cerámica, piedras, objetos encontrados en la playa o en el campo, máscaras, tejidos, recortes de periódico… La cueva empezó a latir y en lo alto del todo Miró colgó un sol de palma trenzada.

En 1959 el pintor retomó la actividad pictórica y estuvo trabajando en el taller soñado hasta su muerte: «En la cueva, solo y en silencio» pero esta vez con el sol, la luna y las estrellas dentro del taller.

Josep Massot. El taller de Miró comparte sus secretos. El País. 15/12/2018 (on line)